{"id":123,"date":"2011-09-12T20:39:18","date_gmt":"2011-09-12T23:39:18","guid":{"rendered":"http:\/\/elcubodeamberes.com.ar\/wp\/?p=123"},"modified":"2015-11-29T01:22:57","modified_gmt":"2015-11-29T04:22:57","slug":"la-biblioteca-del-topo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/carranza.com.ar\/blog\/2011\/09\/la-biblioteca-del-topo\/","title":{"rendered":"La biblioteca del topo"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-125 size-full\" title=\"La biblioteca del topo\" src=\"http:\/\/carranza.com.ar\/blog\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/topo.jpg\" alt=\"La biblioteca del topo\" width=\"235\" height=\"304\" srcset=\"https:\/\/carranza.com.ar\/blog\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/topo.jpg 235w, https:\/\/carranza.com.ar\/blog\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/topo-231x300.jpg 231w\" sizes=\"auto, (max-width: 235px) 100vw, 235px\" \/>La corriente de aire tibio en la cara le dio la certeza de estar en territorio conocido. Sab\u00eda perfectamente que esa columna invisible que se desplazaba de izquierda a derecha era empujada por la formaci\u00f3n como el \u00e9mbolo empuja el contenido de la jeringa. Tambi\u00e9n sab\u00eda que solo \u00e9l sab\u00eda que en cuesti\u00f3n de segundos aparecer\u00eda por el t\u00fanel el primer vag\u00f3n arrastrando tras de s\u00ed a cientos de pasajeros comprimidos.<\/p>\n<p>Entrar es otra cuesti\u00f3n. Sabe que la puerta est\u00e1 ah\u00ed, pero la informaci\u00f3n que le brinda su bast\u00f3n se contamina con los movimientos bruscos y golpes propinados por las piernas de \u00abla gente\u00bb. As\u00ed les dice. \u00abLa gente\u00bb. Los que est\u00e1n apurados. Los que ya dejaron pasar uno y en este van a subir s\u00ed o s\u00ed. Los que vieron que la chica se est\u00e1 levantando y est\u00e1n decididos a ocupar ese asiento cueste lo que cueste. Y los que lo dejan pasar. A \u00e9l. Al cieguito. Al que ven todos los d\u00edas. Al que recorre el pasillo murmurando bajito sin que nadie sepa qu\u00e9 dice exactamente. Al cieguito que ahora avanza con su jarrito de aluminio esperando sentir el tintineo de alguna moneda para intercalar un balbuceo ininteligible.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>Eso es lo que \u00abla gente\u00bb cree. Eso es lo que todos creen. Pero nada est\u00e1 m\u00e1s lejos de ser verdad. Al cieguito poco le importan las monedas. Ese jarrito marcado por el tiempo es para \u00e9l una herramienta. Un instrumento para que ellos, \u00abla gente\u00bb, puedan de vez en cuando practicar la solidaridad. Los hace sentirse bien.<\/p>\n<p>Mientras tanto, el cieguito recorre lentamente el vag\u00f3n como si estuviera en un gimnasio. Se entrena. Se entrena y disfruta del entrenamiento. Hace ya muchos a\u00f1os que descubri\u00f3 esa facilidad para revolver en la memoria. Y cuando la descubri\u00f3 le gust\u00f3. Y como le gust\u00f3, la entrena. Un bibliotecario, as\u00ed se define. Una vez dentro del vag\u00f3n, utiliza los primeros segundos para ordenar los sonidos y clasificarlos en estanter\u00edas infinitas. Cada sonido, cada combinaci\u00f3n tiene un lugar. Y \u00e9l lo conoce. Y lo reconoce.<\/p>\n<p>A mitad del vag\u00f3n se detiene. Una moneda de veinticinco golpea contra el aluminio, pero eso no desv\u00eda su atenci\u00f3n del sonido que verdaderamente le interesa. Hace un esfuerzo y busca. Busca en las estanter\u00edas. All\u00e1. Arriba, est\u00e1 seguro de haberlo guardado all\u00e1 arriba. Y entonces lo encuentra. Ese sonido est\u00e1 exactamente donde \u00e9l lo hab\u00eda dejado.<\/p>\n<p>No hay dos p\u00e1ginas en el mundo que hagan el mismo ruido a voltearse. No importa qui\u00e9n lo haga. No importa el lector. Es el papel, la tinta, quiz\u00e1s el contenido. No hay dos en el mundo.<\/p>\n<p>El cieguito se pone nuevamente en movimiento. Recorre el pasillo murmurando bajito sin que nadie sepa qu\u00e9 dice exactamente. Porque nadie entiende al cieguito que balbucea el t\u00edtulo del libro que est\u00e1 leyendo el pasajero sentado a su derecha.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La corriente de aire tibio en la cara le dio la certeza de estar en territorio conocido. 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