{"id":156,"date":"2012-02-19T21:08:51","date_gmt":"2012-02-20T00:08:51","guid":{"rendered":"http:\/\/elcubodeamberes.com.ar\/wp\/?p=156"},"modified":"2015-11-29T01:21:53","modified_gmt":"2015-11-29T04:21:53","slug":"el-presente-en-viaje","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/carranza.com.ar\/blog\/2012\/02\/el-presente-en-viaje\/","title":{"rendered":"El presente en viaje"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-157 size-full\" title=\"Acceso Norte\" src=\"http:\/\/carranza.com.ar\/blog\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/panamericana.jpg\" alt=\"Acceso Norte\" width=\"220\" height=\"158\" \/>Cerr\u00f3. No s\u00e9 c\u00f3mo, pero cerr\u00f3. Tengo que confesar que al ver la cantidad de bolsas, bolsos y valijas que ten\u00edamos que llevar dud\u00e9, pero para m\u00ed es un desaf\u00edo meter todo en el ba\u00fal. No quiero llevar dentro del auto objetos sueltos que ante una frenada brusca se conviertan en proyectiles. \u00bfTodos tienen puesto el cintur\u00f3n de seguridad? Listo, partimos.<!--more--><\/p>\n<p>La Ciudad Aut\u00f3noma de Buenos Aires es el coraz\u00f3n de un complejo sistema circulatorio compuesto por autopistas que la conectan con el resto del pa\u00eds; arterias y venas que canalizan el tr\u00e1fico vehicular desde y hacia la capital argentina. El Acceso Norte (una autopista de seis carriles por mano) siempre me impacta, a\u00fan despu\u00e9s de 20 a\u00f1os de transitarlo con frecuencia en ambos sentidos. Las velocidades m\u00e1ximas est\u00e1n asignadas por carril y en forma decreciente; el carril de la izquierda \u2014el m\u00e1s r\u00e1pido\u2014 es para el sobrepaso, para adelantarse a otro veh\u00edculo, mientras que el de la derecha es el m\u00e1s lento, reservado al tr\u00e1nsito pesado.<\/p>\n<p>Sumarse al caudal de veh\u00edculos, elegir un carril, mirar ambos espejos exteriores, acelerar; acciones coordinadas, precisas, inconscientes, que dejan atr\u00e1s las calles y los sem\u00e1foros para convertir el presente en viaje. Me reacomodo en el asiento y muevo la pierna izquierda a una posici\u00f3n de descanso mientras mi mujer enciende la radio. Relajado, cada tanto reviso los espejos atento a lo que sucede a mi alrededor. La velocidad m\u00e1xima permitida en el carril por el que circulamos es de 120 kil\u00f3metros por hora. Reviso el veloc\u00edmetro y compruebo que vamos exactamente a esa velocidad. Sin embargo, la sensaci\u00f3n general es la de estar viajando en bicicleta. No me preocupa que nos sobrepasen por la izquierda, es lo esperable. Me preocupa un poco que nos sobrepasen por la derecha. Pero lo que s\u00ed me preocupa, y mucho, es el idiota que tenemos pegado atr\u00e1s. Miro por el espejo retrovisor y todo lo que veo es un parabrisas (y por supuesto la cara de ansiedad del idiota). No alcanzo a ver el capot, y mucho menos la trompa del auto, que debe estar a pocos mil\u00edmetros de incrustarse en nuestro ba\u00fal. Enciendo la luz de giro y, sin perder de vista al que nos sopla la nuca, me muevo al carril de la derecha. Nuestro <em>follower<\/em> sale disparado hacia adelante y muy pronto se pierde en el horizonte.<\/p>\n<p>En nuestro avance por el tercer carril (a 110 km por hora) dejo de acelerar para mantener la distancia de frenado y darle tiempo al conductor que circula adelante \u2014mucho m\u00e1s despacio\u2014 para que se mueva al carril de la derecha. Claro que esto nunca sucede y tengo que pasarlo (por la izquierda, y anunciando previamente mi maniobra con la luz de giro) para despu\u00e9s volver a nuestro carril. Muy pronto el Acceso Norte me pide que tome una decisi\u00f3n: ramal Pilar hacia la izquierda o ramal Escobar hacia la derecha. Vamos a Rosario, as\u00ed que la opci\u00f3n es una sola.<\/p>\n<p>Un cartel anuncia la cercan\u00eda de la estaci\u00f3n de peaje de Escobar. A los pocos metros otro cartel me pide que disminuya la velocidad y controle los frenos. Elijo la cabina 3 y hacia all\u00ed me encamino. Me acerco muy despacio al \u00faltimo auto de la cola. Faltando 10 metros tengo que clavar los frenos para no chocar a una camioneta que, pas\u00e1ndonos por la derecha, se mete adelante ganando la posici\u00f3n.<\/p>\n<p>La Ley 25456 establece que es obligatorio circular con las luces bajas encendidas \u2014tanto de d\u00eda como de noche\u2014 en todas las rutas nacionales. No las altas. No las de posici\u00f3n. No los rompenieblas. Las bajas. Las luces bajas. Clarito lo dice. La mitad de los veh\u00edculos que se aproximan a la estaci\u00f3n de peaje tiene las luces apagadas. Y absolutamente todos, sin excepci\u00f3n, pagan y pasan el peaje sin que nadie ni nada los detenga.<\/p>\n<p>Los seis carriles originales pronto se convierten en tres para terminar siendo solo dos en la mayor parte de los 300 kil\u00f3metros a recorrer. Los mismos dos carriles que en la d\u00e9cada del &#8217;70 reemplazaron a la vieja ruta 9 cuando la cantidad de veh\u00edculos que circulaba por ella era significativamente menor y los \u201creyes de la pista\u201d eran el Falcon Sprint, el Chevy Serie 2 y el Torino Grand Routier.<\/p>\n<p>Hoy los camiones (enormes camiones) se adue\u00f1an del carril derecho, y los micros de larga distancia redoblan la apuesta apropi\u00e1ndose de todo. (Nota para los m\u00e1s j\u00f3venes: los antiguos \u201cdoble camello\u201d, mucho m\u00e1s peque\u00f1os, evolucionaron como P\u00f3kemon hasta convertirse en los actuales gigantes de dos pisos.) Un c\u00edrculo blanco estampado en la parte trasera de camiones y micros indica con claridad la velocidad m\u00e1xima permitida para unos y otros: 80 y 90 kil\u00f3metros por hora respectivamente. Poco tiempo despu\u00e9s de pasar el peaje recorremos un buen tramo detr\u00e1s de un micro a 110 kil\u00f3metros por hora.<\/p>\n<p>La interminable caravana de camiones que ocupa el carril derecho obliga a usar casi a tiempo completo el carril de la izquierda. Obliga tambi\u00e9n a utilizar m\u00e1s el espejo retrovisor; con frecuencia uno se convierte en tap\u00f3n de otros veh\u00edculos que viajan a velocidades muy por encima de las permitidas.<\/p>\n<p>Ahora circulamos por el carril derecho. Estamos a punto de pasar a un cami\u00f3n. Mi hija menor lee en voz alta el llamativo cartel con franjas oblicuas rojas y blancas que tiene en la parte trasera: \u201cPRECAUCI\u00d3N DE SOBREPASO. LARGO 22,40 m\u201d. Por el espejo veo luces lejanas. Tan lejanas que solo alcanzo a divisar un punto blanco y brillante. Enciendo la luz de giro y me muevo al carril izquierdo. Acelero e inmediatamente piso a fondo el pedal del freno. Mi mujer grita. El ABS hace su trabajo y la velocidad disminuye de manera dr\u00e1stica evitando el bloqueo de las ruedas. Casi al mismo tiempo una moto de alta cilindrada avanza por la derecha y en una maniobra tan irracional como irresponsable logra pasar entre el cami\u00f3n y nosotros.<\/p>\n<p>Llegando a R\u00edo Tala tomo la salida hacia la derecha y nos detenemos en la playa de la estaci\u00f3n de servicio del Autom\u00f3vil Club Argentino. Apago el motor, desprendo el cintur\u00f3n de seguridad y me quedo sentado un buen rato mirando hacia adelante, mirando nada.<\/p>\n<p>Cruzamos el puente de Arroyo del Medio y nos adentramos en territorio santafesino. Ya queremos llegar y la ansiedad general va en aumento. Varios kil\u00f3metros m\u00e1s adelante identifico a la distancia el caracter\u00edstico cartel amarillo de Shell ubicado en el cantero central. Poco despu\u00e9s, el peaje de General Lagos. Espero nuestro turno para pasar; nos precede una moto mediana que transporta a su conductor y a una mujer. Ninguno de los dos tiene casco. Entre \u00e9l y la mujer, un chico de unos 7 u 8 a\u00f1os. Y sentada sobre el tanque, una nena de no m\u00e1s de 5. Por supuesto, los menores tampoco llevan casco. Y, por supuesto, pagan y pasan.<\/p>\n<p>El paisaje se vuelve familiar. Frente a nosotros aparece el puente de \u201cla Circunvalaci\u00f3n\u201d. Yo lo miro como si finalmente estuvi\u00e9ramos llegando a La Meca y no me distraen ni el cami\u00f3n de bomberos ni la ambulancia ni el auto que, en el cantero central de la autopista, yace volcado y destrozado. Salgo a la derecha y tomo la avenida en direcci\u00f3n al puerto. Las obras de ampliaci\u00f3n y remodelaci\u00f3n de la avenida todav\u00eda contin\u00faan. Los carteles indican que la velocidad m\u00e1xima permitida es de 60 kil\u00f3metros por hora. \u201cColabore\u201d, imploran. Pocos colaboran. La traza de la avenida bordea ahora el r\u00edo Paran\u00e1. Pasamos la rotonda de Pellegrini y nos detiene el sem\u00e1foro de San Juan. La ansiedad nos est\u00e1 matando. Por la ventanilla vemos a un grupo de palomas revolotear a nuestro alrededor, quiz\u00e1s d\u00e1ndonos la bienvenida con una suerte de danza. Una vuela lento, planea y tras un breve aleteo se posa sobre el capot del auto. Nos mira con esa forma de mirar tan peculiar que tienen las palomas, primero con un ojo y despu\u00e9s con el otro. Los chicos se entusiasman. \u201cHola\u201d, le digo. El sem\u00e1foro nos habilita el paso. Avanzamos hasta llegar a C\u00f3rdoba y, en una decisi\u00f3n absolutamente personal, estaciono. Bajo del auto y noto que la paloma me sigue, volando a corta distancia sobre mi cabeza. Ella me acompa\u00f1a y yo sonr\u00edo satisfecho. Al pie del Monumento me arrodillo y beso las baldosas de la vereda. \u201cLlegamos\u201d, pienso. Pero pienso poco, porque algo tibio, blanquecino y viscoso me golpea la frente y empieza a chorrear hasta casi taparme el ojo derecho.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cerr\u00f3. No s\u00e9 c\u00f3mo, pero cerr\u00f3. 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