{"id":279,"date":"2012-08-05T14:55:19","date_gmt":"2012-08-05T17:55:19","guid":{"rendered":"http:\/\/patriciocarranza.com.ar\/wp\/?p=279"},"modified":"2015-11-29T01:20:43","modified_gmt":"2015-11-29T04:20:43","slug":"esmeralda","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/carranza.com.ar\/blog\/2012\/08\/esmeralda\/","title":{"rendered":"Esmeralda"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-282 size-full\" title=\"Camino del Inca\" src=\"http:\/\/carranza.com.ar\/blog\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/camino_del_inca.jpg\" alt=\"Camino del Inca\" width=\"220\" height=\"165\" \/>Un resplandor tan brillante como fugaz invade de pronto el habit\u00e1culo. Las ondas sonoras, mucho m\u00e1s perezosas que la luz, llegan dos segundos despu\u00e9s haciendo vibrar la luneta trasera. El espejo retrovisor me devuelve la imagen de una masa gaseosa grotesca que se reagrupa y cobra vida con m\u00e1s fuerza. Los <em>cumulus nimbus<\/em> crecen en tama\u00f1o y densidad, virando a un color gris plomo profundo alterado cada tanto por un resplandor espor\u00e1dico; sucesivas explosiones tienen lugar en su interior. Miro por segunda vez el espejo en el momento justo en que la energ\u00eda acumulada se libera uniendo el cielo y la tierra con un hilo incandescente. En un acto reflejo cierro los ojos; la inusual intensidad del rayo deja grabada en mi retina una instant\u00e1nea del recorrido irregular del haz de luz.<!--more--><\/p>\n<p>Quince minutos antes, mientras cargaba nafta en la estaci\u00f3n de servicio de Uspallata, miraba el cielo con preocupaci\u00f3n. Ten\u00eda por delante m\u00e1s de cien kil\u00f3metros de viaje y no me seduc\u00eda recorrerlos en medio de una tormenta. Entr\u00e9 en el bar casi corriendo para protegerme del aguacero que se descarg\u00f3 sin demasiados pre\u00e1mbulos y esper\u00e9 detr\u00e1s del vidrio, mirando la cortina de agua que ca\u00eda sobre la camioneta. Par\u00f3 de llover tan inesperadamente como hab\u00eda empezado y el sol empez\u00f3 a asomarse entre los nubarrones que depon\u00edan lentamente su actitud amenazante.<\/p>\n<p>A punto se subir a la camioneta una mano se apoy\u00f3 en mi hombro con firmeza. \u201cUsted tiene algo que me pertenece\u201d. El hombre, de unos setenta a\u00f1os, me miraba con unos ojos muy oscuros, muy profundos. Intent\u00e9 en vano explicarle que yo no ten\u00eda nada que pudiera interesarle, y mucho menos que le perteneciera. Sal\u00ed de la estaci\u00f3n de servicio con la mirada fija en el camino y pronto me olvid\u00e9 de \u00e9l.<\/p>\n<p>Intento ganarle a la tormenta que vuelve a formarse. De no tratarse de un simple fen\u00f3meno meteorol\u00f3gico jurar\u00eda que estoy siendo acechado por una bestia salvaje. Me obligo a mantener la vista en el camino a pesar de la molestia que me produce la imagen persistente del rayo. Un trueno inusualmente fuerte me confirma que estoy siendo literalmente devorado por la tormenta. Empieza a descargarse un violento aguacero que produce sobre la chapa de la camioneta un ruido ametrallador. Decido parar a un costado del camino, pero de pronto otro rayo estalla frente a mis ojos. La intensa luz apenas me permite distinguir la figura humana que est\u00e1 parada justo en el medio de la ruta. Giro el volante y me cruzo a la mano contraria para esquivarlo; el pavimento mojado me hace perder el control\u00a0por completo. A trav\u00e9s del parabrisas veo con claridad la enorme roca contra la que inevitablemente voy a impactar. Es curioso: no intento frenar, solo me pregunto si el cintur\u00f3n de seguridad va a servir de algo.<\/p>\n<p>Para cuando despierto el aguacero se ha debilitado. No abro los ojos enseguida, pero s\u00e9 que todav\u00eda estoy sentado, erguido y sostenido por el cintur\u00f3n que s\u00ed sirvi\u00f3. Tambi\u00e9n noto que el motor se ha apagado. Ante la ausencia de dolor me animo a mover las piernas y los brazos. Ajusto el espejo retrovisor para mirarme la cara. Ni un rasgu\u00f1o. Entonces me desabrocho el cintur\u00f3n, abro la puerta y bajo. En el tiempo que me lleva ponerme la campera la lluvia helada me empapa la cabeza y tiemblo involuntariamente. Corro hasta la parte trasera de la camioneta y, entrecerrando los ojos, recorro la zona. No alcanzo a ver nada. Camino diez o tal vez quince metros en direcci\u00f3n a la ruta. Avanzo diez metros m\u00e1s, pero mis pies siguen pisando terreno pedregoso. Entonces paso de preguntarme d\u00f3nde est\u00e1 la persona a preguntarme d\u00f3nde est\u00e1 la ruta. No es posible que, en la maniobra, me haya alejado tanto. \u00bfO quiz\u00e1s s\u00ed? Camino m\u00e1s de doscientos metros sin encontrarla. A medida que me alejo de la camioneta la tormenta empeora.<\/p>\n<p>Est\u00e1 atardeciendo, la temperatura baja r\u00e1pidamente y la calefacci\u00f3n depende de un motor que se niega a funcionar. Entiendo que estoy en un serio problema y, sin se\u00f1al, el tel\u00e9fono celular no ser\u00e1 parte de la soluci\u00f3n. La tormenta se debilita al punto de convertirse en una tenue llovizna; los truenos dan lugar al silencio absoluto. La aguja roja recorre el dial de punta a punta sin captar ni una sola emisora de radio. Estoy preocupado. Cierro los ojos por un momento y mi retina, una vez m\u00e1s, devuelve la imagen del rayo. Al abrirlos me sobresalto: esa imagen se superpone con una precisi\u00f3n asombrosa sobre una grieta en la roca. Me bajo y camino hasta el frente de la camioneta. Por la fuerza del golpe, el paragolpes est\u00e1 hundido en el centro formando un \u00e1ngulo justo en el punto donde impact\u00f3 con la roca. En ese mismo punto nace la grieta sobre la pared. La parrilla est\u00e1 destrozada y seguramente hay da\u00f1os en el radiador y el motor. Acerco la mano a la grieta; est\u00e1 tan caliente que casi me quema los dedos.<\/p>\n<p>Perdido e incomunicado, decido agarrar mi bolso (en el que llevo mi computadora port\u00e1til, una muda de ropa y una chucher\u00eda de cer\u00e1mica comprada en Puente del Inca) y caminar. Antes de cerrar la puerta saco la linterna de la guantera y la guardo en el bolsillo. Parado detr\u00e1s de la camioneta trato de calcular el trayecto recorrido desde el momento de la brusca maniobra. Empiezo a caminar, pero a medida que me alejo la lluvia vuelve a descargarse con fuerza oblig\u00e1ndome a volver sobre mis pasos.<\/p>\n<p>Decido entonces rodear la enorme roca y caminar en la direcci\u00f3n opuesta, intern\u00e1ndome en la monta\u00f1a con la esperanza de encontrar alg\u00fan puestero que me pueda auxiliar. Avanzo con el bolso al hombro, la correa cruzada por sobre mi cabeza para soportar mejor el peso. La intensidad de la lluvia disminuye hasta detenerse por completo y aparecen los primeros rayos de sol. Sigo caminando en direcci\u00f3n a lo que parece ser una pirca. Tras una hora de caminata \u2014result\u00f3 estar m\u00e1s lejos de lo que supon\u00eda\u2014\u00a0distingo los primeros movimientos. Figuras irreconocibles primero, pronto toman forma de animales pastando. Sobre la pirca, sentado, un hombre que reci\u00e9n se incorpora cuando llego a estar casi a su lado. Lo saludo con una inclinaci\u00f3n de la cabeza, y sin esperar respuesta le explico mi problema. El hombre no me responde pero hace un adem\u00e1n para que lo siga. Caminamos unos ciento cincuenta metros y, a la vuelta de un pe\u00f1asco, veo su precaria vivienda. Entramos \u2014yo detr\u00e1s de \u00e9l\u2014 y para mi sorpresa, en la peque\u00f1a construcci\u00f3n hay tres personas m\u00e1s. Una mujer que muele granos en un mortero y dos chicos que salen corriendo, pasando casi entre nuestras piernas. El hombre se sienta en el piso sobre una manta de lana y me invita \u2014siempre con ademanes\u2014 a hacer lo mismo. La mujer dice algo en una lengua para m\u00ed incomprensible y el hombre asiente. Estira la mano, toma dos vasijas y me ofrece una. Por cortes\u00eda bebo un sorbo y me sorprendo degustando una exquisita bebida alcoh\u00f3lica. Los chicos \u2014a los que cada tanto veo pasar frente a la puerta\u2014 se corren alternadamente el uno al otro portando varas que ofician de espadas. Ya casi anochece cuando en respuesta a un grito de la mujer los peque\u00f1os entran como una tromba. Tiran las varas en un rinc\u00f3n y al caer producen un fuerte ruido met\u00e1lico. En la penumbra creo reconocer junto a las varas un par de cascos similares a los utilizados por los conquistadores espa\u00f1oles del Siglo XVI.<\/p>\n<p>Al volverme veo al hombre se\u00f1alando mi bolso. Lo abro y, para mi sorpresa, su inter\u00e9s se centra en la figura de cer\u00e1mica. La agarro para mostr\u00e1rsela pero incre\u00edblemente no logro soportar su peso y cae al piso parti\u00e9ndose en pedazos. La mujer y los chicos giran sus cabezas y me miran por un segundo para, inmediatamente, continuar cada uno con lo suyo. Entre los fragmentos se destaca una piedra de una belleza singular.\u00a0Quiero levantarla pero me es imposible siquiera moverla. Entonces veo al hombre tomar una vara y dibujar en el piso de tierra una l\u00ednea irregular cuyo origen es la piedra. La noche ya casi est\u00e1 instalada y se dificulta la visi\u00f3n; saco de mi bolsillo la linterna e ilumino el piso. El haz de luz despierta en mi retina la imagen del rayo con una fuerza inusitada. Nuevamente la imagen se superpone\u00a0con exactitud milim\u00e9trica, esta vez sobre la l\u00ednea dibujada por el hombre en el piso. La piedra vira a un color verde incandescente que me obliga a cerrar los ojos. Un dolor lacerante invade el nervio \u00f3ptico hasta dejarme inconsciente.<\/p>\n<p>Me despierta el golpe del aguacero sobre la chapa.\u00a0Noto que estoy sentado, erguido. Abro los ojos y me descubro en la camioneta. Muevo el espejo retrovisor y me miro: tengo los ojos hinchados. Intento bajarme, pero el cintur\u00f3n de seguridad me retiene. Lo desabrocho, abro la puerta y bajo de un salto. La campera no impide que la lluvia helada me empape la cabeza en un segundo, haci\u00e9ndome temblar involuntariamente. Camino hacia la parte trasera de la camioneta y me detengo justo antes de pisar la cinta asf\u00e1ltica. Un cami\u00f3n pasa frente a m\u00ed esparciendo agua barrosa. Vuelvo para revisar el frente de la camioneta y lo encuentro intacto. El tronco de un \u00e1rbol cuyo di\u00e1metro es escasamente superior al de mi brazo separa el paragolpes de la pared de roca. Me subo, giro la llave, e incre\u00edblemente el motor se pone en marcha.<\/p>\n<p>Llego a Potrerillos sin rastros de lluvia. Estaciono y entro en un almac\u00e9n para comprar alguna bebida. Mientras espero a ser atendido me distraigo mirando un cuadro; est\u00e1 colgado en la pared detr\u00e1s del mostrador\u00a0y no alcanzo a verlo en detalle, pero parece ser la reproducci\u00f3n de un mapa. Uno de los empleados lo descuelga y lo apoya sobre el mostrador, justo frente a m\u00ed. \u00abAs\u00ed no tiene que estirar tanto el cogote\u00bb, me dice con complicidad. Quedo paralizado ante lo que veo: el derrotero de un camino que nace muy al norte, fuera del mapa, y llega hasta la regi\u00f3n del Gran Mendoza. El trazado es id\u00e9ntico al del rayo que, aunque ya casi imperceptible, todav\u00eda marca mi retina. \u00ab\u00bfQu\u00e9 es esto?\u00bb, le pregunto al empleado que ya se acercaba para atenderme. \u00abEl Camino del Inca\u00bb. Su respuesta rescata de mi memoria im\u00e1genes confusas. \u00abSe dice que cuando Pizarro invadi\u00f3 al pueblo inca, Atahualpa escondi\u00f3 una esmeralda que le pertenec\u00eda antes de ser ejecutado en 1533\u00bb. El empleado devuelve el cuadro a su lugar, se acerca a m\u00ed sobre el mostrador y, en tono confidente, agrega: \u00abTambi\u00e9n se dice que la esmeralda est\u00e1 escondida por estos pagos. Pero son puras macanas\u00bb.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un resplandor tan brillante como fugaz invade de pronto el habit\u00e1culo. 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