{"id":297,"date":"2012-09-02T22:03:11","date_gmt":"2012-09-03T01:03:11","guid":{"rendered":"http:\/\/patriciocarranza.com.ar\/wp\/?p=297"},"modified":"2015-11-03T23:08:21","modified_gmt":"2015-11-04T02:08:21","slug":"cazar-para-la-manada","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/carranza.com.ar\/blog\/2012\/09\/cazar-para-la-manada\/","title":{"rendered":"Cazar para la manada"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-301\" title=\"Cazar para la manada\" src=\"http:\/\/carranza.com.ar\/blog\/wp-content\/uploads\/2012\/09\/Cazar_para_la_manada.jpg\" alt=\"Cazar para la manada\" width=\"220\" height=\"124\" \/>El temor cede a medida que el interior profundo se va haciendo conocido. Al principio abruma; todo parece igual hasta que todo empieza a ser distinto. El ritmo ca\u00f3tico de los seres vivos contrasta con la pasividad de cientos, miles de objetos inertes. Los colores se imponen por sobre un concierto de sonidos imprecisos pretendiendo ganar una batalla de sentidos sin sentido. A medida que se avanza, las sombras se funden y confunden a quien presume la existencia de una \u00fanica fuente de luz. Caminar con la vista fija en el suelo revisando cada pisada es casi un mandato; lleva alg\u00fan tiempo comprender que esa precauci\u00f3n es innecesaria. Entonces los ojos se alinean con el horizonte y un festival crom\u00e1tico se presenta con un esplendor inc\u00f3modo. La m\u00edmesis de los frutos verdes da paso a rojos intensos y brillantes. Ramilletes amarillos longil\u00edneos y corvos se apilan en montones junto a una pir\u00e1mide perfecta de esferas anaranjadas que perfuma el aire con un aroma c\u00edtrico. M\u00e1s all\u00e1, al final de un sendero sospechosamente recto, la temperatura desciende de manera significativa. En lo que parece un camastro yacen decenas de peces sobre un colch\u00f3n de cristales; basta observar sus ojos para comprender que no volver\u00e1n a nadar. Lo mismo sucede con las manadas bovinas; sus restos se apilan prolijamente en trozos sanguinolientos, algunos tan peque\u00f1os que parecen haber sido triturados y regurgitados por las poderosas mand\u00edbulas de un tiranosaurio rex. Y en el medio de ese caos, yo.<!--more--><\/p>\n<p>\u2014\u00bfPrefer\u00eds que vayamos al s\u00faper ahora o vamos a la tarde?<\/p>\n<p>Las opciones podr\u00edan haber sido tres, pero no, son solo dos. No ir no est\u00e1 entre los planes de mi mujer. Antes de contestar la miro primero a ella y despu\u00e9s miro a mi alrededor. El de 25 confirma su presencia a trav\u00e9s de los ronquidos que llegan desde la habitaci\u00f3n. La de 22 bucea en la taza del desayuno. El de 15 intenta amigarse con el redoblante que le acaba de comprar a un amigo que seguramente fue conminado por sus padres para que se desprendiera del instrumento. Y la de 8, sentada en el sof\u00e1, alterna su mirada dulce entre Disney Channel y su padre. Todos, absolutamente todos, se sentar\u00e1n a la mesa al mediod\u00eda con el pretencioso deseo de comer. S\u00ed, es hora de salir a cazar para la manada.<\/p>\n<p>El estacionamiento es el primer indicador de lo que nos espera: se parece m\u00e1s a una megamuestra de la industria automotriz de Detroit que a la antesala de un supermercado. Mientras todos pugnan por ubicarse lo m\u00e1s cerca posible de la puerta de acceso, yo estaciono en el sector m\u00e1s alejado y con menor densidad de veh\u00edculos. Caminamos en direcci\u00f3n a la puerta. Caminamos. Caminamos. Caminamos y finalmente nos internamos en el interior profundo de la sociedad de consumo.<\/p>\n<p>En nuestro ordenamiento t\u00e1cito yo quedo al mando del changuito mientras mi mujer opera la lista y establece la log\u00edstica. Instintivamente ajusto el nivel de presi\u00f3n de cada brazo; las ruedas delanteras del chango presentan s\u00edntomas severos de estrabismo afectando la precisi\u00f3n de las maniobras.<\/p>\n<p>La primera parada es en el sector de perfumer\u00eda. Llevamos m\u00e1s de diez minutos parados frente a la g\u00f3ndola de las cremas de enjuague y yo me pregunto si no estaremos orando. Con una sola mano (la otra descansa con el pulgar trabado en la correa de la cartera) mi mujer toma un envase verde de Sedal, lo gira, lo lee y lo deja en su lugar. Ahora es el turno del rojo, que al cabo de un minuto corre la misma suerte. \u00ab\u00bfTrescientos treinta cent\u00edmetros c\u00fabicos a veintid\u00f3s con treinta o doscientos cent\u00edmetros c\u00fabicos a diecisiete con noventa?\u00bb. Ella me mira esperando una respuesta y yo me limito a levantar los hombros. El envase verde cae adentro del chango y con nuestra primera presa dominada inauguramos la cacer\u00eda. Doce jabones de tocador empaquetados prolijamente de a tres escoltan y aprisionan a la crema de enjuague contra una esquina. Seleccionar la espuma de afeitar nos toma de tres a cinco segundos: la elijo yo.<\/p>\n<p>Ahora es el turno de la carne. No, no me refiero a eso, hablo de la secci\u00f3n carnicer\u00eda, donde la temperatura ambiente desciende hasta casi producir auroras boreales. Las bandejas de carne picada son tan iguales unas a otras que la elecci\u00f3n se simplifica. Tres bandejas. No, esas no. Esa s\u00ed. Y esas dos tambi\u00e9n. \u00bfCuadrada para milanesas? Cuatro. Y bondiola de cerdo, que a los chicos les encanta. Con los cad\u00e1veres trozados en el changuito nos dirigimos hacia donde descansan sus parientes cercanos, los fiambres. Bondiola, mortadela y veinticuatro salchichas de viena, las de los perritos. Tambi\u00e9n caen al fondo del chango dos paquetes de queso feteado y un par de bolsitas de reggianito rallado.<\/p>\n<p>Honrando nuestra condici\u00f3n de mam\u00edferos nos detenemos en la secci\u00f3n de los l\u00e1cteos. Empezamos con dos cajas de crema de leche de quinientos cent\u00edmetros c\u00fabicos por unidad y el interior de nuestro estr\u00e1bico transporte empieza a ser un desorden que merece nuestra atenci\u00f3n. Lo de perfumer\u00eda bien en el rinc\u00f3n, lejos de la carne (para que no le d\u00e9 olor). Arriba de la carne, los fiambres, as\u00ed se mantienen fr\u00edos. Y empezamos. Primero, cinco litros de leche, uno al lado del otro, prolijamente acomodados. Sobre ellos, cuatro litros m\u00e1s, trabados como si fueran ladrillos. En un tercer nivel, tambi\u00e9n trabados, acomodamos tres litros m\u00e1s para terminar en una \u00faltima fila completando un total de catorce litros de leche. \u00bfPara todo el mes? No, para una semana.<\/p>\n<p>El sector de la verduler\u00eda es sin lugar a dudas el m\u00e1s logrado en t\u00e9rminos selv\u00e1ticos. Tambi\u00e9n es donde mi mujer despliega con destreza sus dotes de estratega: \u00abDiez bananas, ocho zapallitos y dos calabazas\u00bb tira al aire mientras se ocupa de seleccionar entre los tomates aqu\u00e9llos que cumplan con sus par\u00e1metros biol\u00f3gicos. Anudando bolsas paso del verde al amarillo y de all\u00ed a anaranjado. Se me ocurre pensar que todo ser\u00eda m\u00e1s r\u00e1pido si del techo colgaran lianas. En el chango aterrizan tambi\u00e9n una bolsa con seis tomates preciosos, dos bolsas de papas y un envoltorio de lechuga. Estiro el brazo para alertar a mi mujer de que hay que pesar todo y me detengo justo antes de tocar a una desconocida. Mi mujer ya no est\u00e1.<\/p>\n<p>Veinticuatro salchichas de viena requieren de, al menos, la misma cantidad de pan para panchos. Y en eso nos enfocamos. Cuatro bolsas de seis. Y un pan lactal. Y pan para hamburguesas. \u00bfCu\u00e1ntos? Doce. \u00a1Pero no compramos hamburguesas! Mientras mi mujer avanza dos casilleros para buscar el az\u00facar y el aceite en la secci\u00f3n de almac\u00e9n, yo retrocedo cinco en busca de los tejos congelados de carne picada. Nuestro punto de encuentro: la secci\u00f3n de limpieza.<\/p>\n<p>Guiado por el persistente olor a jab\u00f3n en polvo encuentro a mi mujer en una suerte de trance frente a una innumerable cantidad de bolsas azules. La de cinco kilos con la promoci\u00f3n de un suavizante gratis corona ahora la monta\u00f1a de elementos que contiene nuestro carro. Y entonces oigo la palabra m\u00e1gica que estuve esperando desde el momento mismo en el que entramos al estacionamiento.<\/p>\n<p>\u00abListo\u00bb dice mi mujer, y en mis o\u00eddos suena el estribillo de <em>Barcelona<\/em> en la voz de Montserrat Caball\u00e9.<\/p>\n<p>Elegir el lugar m\u00e1s adecuado para salir de la selva no es un tema menor. Cincuenta y cinco cajas hay. Cincuenta y cinco. Y nosotros elegimos la de Luciana, una chica jovencita y simp\u00e1tica que transita su primer d\u00eda de entrenamiento al frente de la cinta transportadora y el lector infrarrojo.<\/p>\n<p>Tres horas despu\u00e9s de nuestra partida bajamos del ascensor cargando quince bolsas. Nos acercamos al departamento en silencio. Arrimo la oreja a la puerta y con una se\u00f1a le indico a mi mujer que todo parece estar en orden. Sin embargo, no podemos correr ning\u00fan riesgo. Mientras ella alista la llave yo abro una de las bolsas y saco una bandeja de carne picada. La miro y asiento. Ella introduce la llave en la cerradura y a pesar de las precauciones el imperceptible roce del bronce alerta a los chicos. Con la velocidad de un rayo abre la puerta y se aparta dej\u00e1ndome libre el espacio para arrojar la bandeja que se desliza sobre el piso de madera y se pierde por el pasillo.<\/p>\n<p>Siendo las cuatro de la tarde nos sentamos a almorzar. Miro a mi mujer y ella me devuelve una sonrisa. Ha pasado otro d\u00eda de cacer\u00eda y me siento satisfecho; la manada crece fuerte y sana.<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfPreparo caf\u00e9?\u00bb. \u00abDale\u00bb, le contesto. Y mientras ella se dirige a la cocina yo voy a buscar la bandeja de carne que ha quedado debajo de una de las camas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El temor cede a medida que el interior profundo se va haciendo conocido. 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