Me llamo Xiaoyi, soy tu doctora.

«Yo personalmente les garantizo a todos los aquí presentes que si Deep Blue participa en ajedrez de competición, personalmente, repito, garantizo que le haré pedazos».

El 10 de febrero de 1996, el campeón del mundo Gary Kaspárov se sentó por primera vez ante un oponente sin sangre en las venas. Ese sábado, a un ritmo lento, Deep Blue ganó la primera de seis partidas que terminaron, una semana después, con el triunfo del ajedrecista por 4 a 2. (más…)

De delincuentes, revoluciones y educación

Llegué al mediodía. El jet lag me empujaba los párpados hacia el piso y el escenario no ayudaba. No era demasiado diferente de otros; todos los aeropuertos son iguales, cosmopolitas por definición. El impacto fue al salir a la calle. El auto me esperaba con la puerta abierta, y el conductor (vistiendo uniforme e inmaculados guantes blancos) me invitó a subir y se encargó del equipaje. El trayecto hasta el hotel fue suficiente estímulo para que mis párpados se limitaran a pestañear apenas lo necesario. (más…)

Internet de las Cosas: la blitzkrieg del siglo XXI

«El frente de batalla se ha perdido, y con él la ilusión que siempre había existido en un frente de batalla. En esta no hubo una guerra de ocupación, sino una guerra de penetración rápida y anulación».

Así comenzó un periodista de la revista Time su descripción de la invasión de Polonia por parte de la Alemania nazi en septiembre de 1939. Esa fue la primera vez que las fuerzas alemanas pusieron en práctica la blitzkrieg (guerra relámpago), una técnica militar aplicada por tierra y aire a una velocidad que deja al enemigo sin capacidad de reacción.

Hace unos días asistí en Buenos Aires a uno de los eventos tecnológicos más relevantes de la región, donde se presentaron soluciones innovadoras, tendencias y casos de uso relacionados con la computación en la nube (cloud computing). Curiosamente, de las más de seis horas que duró la jornada solo se dedicaron cuarenta y cinco minutos a Internet de las Cosas (#IoT).

Algunas horas después recibí en mi casilla de correo la información y agenda del que, sin dudas, será el congreso más influyente de la región en materia de industria agropecuaria. Durante cuatro días del mes de agosto se realizará en la ciudad de Rosario lo que describen como «la reunión más importante de referencia tecnológica en el continente y reconocido mundialmente como una verdadera red de actualización, intercambio y conocimiento de tecnologías avanzadas». Tiempo dedicado a Internet de las Cosas: cero.

La ausencia en la agenda de lo que Klaus Schwab definió como la cuarta revolución industrial debería ser una señal de alarma. Para mí lo es.

El mercado global de Internet de las Cosas para la industria (#IIoT por sus siglas en inglés) proyecta alcanzar los USD 123.8 billones para el 2021. El efecto que tendrá esto en una industria como la agropecuaria será revolucionario o devastador según seamos capaces de capitalizarlo o no.

Internet de las Cosas no es un producto. Internet de las Cosas es un concepto, un cambio de paradigma. Existe la creencia generalizada de que Internet de las Cosas es una ciencia privativa de la comunidad tecnológica cuando en realidad es una responsabilidad de todos.

Hace ya tiempo que venimos hablando de los cambios que se avecinan en el mundo del trabajo como si esto fuera una verdad revelada, cuando en realidad sabemos que a lo largo de la historia toda revolución industrial produjo un impacto significativo en el campo laboral. Aún así, seguimos siendo incapaces de dimensionar lo que Internet de las Cosas producirá en nuestras vidas.

El sistema educativo, por su parte, se mantiene en un movimiento rectilíneo uniforme, el mismo que transita desde hace más de un siglo. Me pregunto entonces: ¿cómo seremos capaces de capitalizar a nuestro favor los efectos de esta revolución si nuestros hijos, quienes serán los principales actores del cambio, permanecen en una burbuja?

Internet de las Cosas es la blitzkrieg del siglo XXI y, a menos que asumamos la responsabilidad de prepararnos y preparar a las generaciones futuras, nos va a pasar por arriba sin que nos demos cuenta. Y entonces sí, todos vamos a perder.

Aire en las venas

inmigrandi-robot-707219_640El reciente anuncio de Toshiba y la Universidad de Osaka en relación a la detección temprana de virus infecciosos me arrancó una sonrisa. En más de una oportunidad escuché a Santiago Bilinkis (@bilinkis) afirmar que ya está entre nosotros la persona que vivirá más de 200 años. Esta aseveración —que tiene por sobre todo la intención de sacudir a quien lo escuche— es acompañada por argumentos cada vez menos refutables.

Veamos.

[clickandtweet]En el paleolítico la esperanza de vida rondaba los 15 años, con grupos reducidos que alcanzaban los 40 años.[/clickandtweet] ¿Qué habrían pensado estos señores si alguien les hubiera dicho que el ser humano lograría en el futuro vivir hasta los 100 años?

La pregunta que se impone ahora es cómo. Cuáles han sido los factores que permitieron que eso realmente suceda. Y gran parte de la respuesta está, sin duda, en la medicina.

Grandes hitos

A comienzos del Siglo XVI, Andrés Vesalio —de origen belga— inauguró la anatomía patológica realizando las primeras disecciones de cuerpos humanos, hasta entonces prohibidas por la Iglesia.

El médico inglés William Harvey también marcó un hito en la historia al describir —a comienzos del Siglo XVII— el correcto funcionamiento de la sangre. No es un tema para nada menor, sobre todo teniendo en cuenta que, hasta ese momento, se pensaba que las arterias solo contenían aire.

En esta síntesis salvaje e injusta es imposible no mencionar a Louis Pasteur, quien a través de la microbiología demostró la existencia de los gérmenes patógenos y la posibilidad de curar las enfermedades producidas por ellos mediante la administración de vacunas.nanosensores

Sin embargo, quien quebró la historia del hombre para siempre fue el bacteriólogo y Nobel británico Alexander Fleming; la penicilina se convirtió en un arma estratégica en la lucha contra las enfermedades infecciosas.

[clickandtweet]Ya vivimos 100 años. ¿Y ahora qué?[/clickandtweet]

La detección de un virus puede tardar entre 2 y 48 horas —o más, dependiendo del tipo de virus— y en algunos casos requiere de técnicas realmente complejas.

Pero como repite a diario Daniel Molina (@rayovirtual), el mundo siempre está mejorando.

[clickandtweet]Toshiba y la Universidad de Osaka desarrollaron un sensor que permite detectar los virus infecciosos en solo cinco minutos.[/clickandtweet] Toshiba se encargará de fabricar el chip que oficiará de núcleo para el dispositivo de diagnóstico, y se espera que la solución esté disponible en el mercado para el 2020.

Noticias como esta me hacen suponer que, como predice Bilinkis, la persona que llegará a celebrar su ducentésimo cumpleaños ya camina entre nosotros.