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Nos hemos olvidado de los rusos

kgb-agent1Injustamente, nos hemos olvidado de los rusos. Ellos, que tanto les han dado de comer durante décadas a periodistas, cineastas, escritores, políticos y aficionados en las mesas de los bares, han sido relegados casi al olvido. Para nosotros han sido siempre los malos de la película, los responsables de todos nuestros males. Sucios comunistas, arquitectos del muro de Berlín, irresponsables asesinos de Chernobyl, gobernantes del Kantchatka que siempre atacábamos desde Alaska en las partidas de TEG. Ellos, que nos enseñaron el poder de las siglas imponiendo el temor con hombres adustos de gorro de piel y armas en mano.

Por estos días ha empezado una suerte de reivindicación. El actor francés Gérard Depardieu obtuvo finalmente la nacionalidad rusa y fue recibido por el presidente Vladimir Putin, otrora agente de la central de inteligencia KGB, poniendo nuevamente a los rusos en las tapas de los diarios. Y es justo. No sé si para el actor, pero es justo para los rusos, que han sido los portadores históricos de las malas noticias para el mundo occidental.

Los argentinos les debemos mucho a los rusos. Sin ir más lejos, hemos adoptado como propio uno de sus platos más tradicionales: la ensalada rusa (inventada circa 1860 por Lucien Olivier, chef del restaurante Hermitage de Moscú). Y Claudio María Domínguez habla ruso con fluidez. Y quién de nosotros no a puteado alguna vez estudiando la Tabla Periódica de los Elementos de Mendeléyev, el querido químico ruso.

El mundo occidental en general está en deuda con el pueblo ruso. A tal punto que sin ellos hoy no podríamos siquiera disfrutar de nuestras vacaciones.

—¿A dónde me dijiste que nos vamos a ir de vacaciones?
—A Alpa Corral.
—¡Alpa Corral, qué lindo! ¿Y dónde queda Alpa Corral?
—No sé, en las sierras.
—¿No sabés? ¿Y cómo vas a hacer para llegar si no sabés?
—GPS. Las siglas de la magia. Llevo el GPS.

El 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética lanzó el primer satélite artificial de la historia: el Sputnik 1. Si queremos seguir siendo críticos podemos insinuar que con el programa Sputnik los rusos inauguraron esa manía contemporánea de llenar el espacio de chatarra, pero lo cierto es que hoy gran parte de nuestra vida depende de los satélites. Y no lo sabemos. O lo sabemos y no nos importa. O nos importa y no sabemos por qué.

En pocos días más empezará el torneo final, clausura o como sea que se llame ahora, y las conexiones satelitales provocarán destellos del virtuoso Fútbol para Todos (el «para todas» por alguna razón acá se quedó afuera) en nuestros vasos de whisky.

Entretiempo. Suena el teléfono. Mi hermano me llama desde España y gracias al satélite hablamos como si estuviéramos en el Siglo XXI; en algún lugar debo tener guardada la copia de la solicitud del Plan Megatel que nunca, jamás logré obtener. «Cambiá ahora», me dice mi hermano, y vemos juntos (#juntos) la repetición de una acción de Messi peleada con los principios más básicos de la física.

Empieza el segundo tiempo. Vuelvo al sillón y al whisky y miro el partido sin importarme que allá, a unos 10.000 kilómetros de la Tierra, el satélite hace su trabajo.

Suena el teléfono. Otra vez. Supongo que es mi mujer que ya debe haber llegado con sus dos amigas a Alpa Corral.

—¡Hola! ¡Hola! ¿Me escuchás?
—Hola amor, ¿llegaron bien?
—¡A dónde querés que lleguemos con esta mierda! ¿Vos actualizaste el GPS?
—Sí.
—¡Pero esto hace una hora que dice que no encuentra los satélites! ¿Qué hago? ¿Eh? ¿Qué hago?
—Y… No sé. Preguntá por ahí. Ah, ¿sabés una cosa? No lo vas a poder creer.
—¿Qué cosa no voy a poder creer?
—Miguel Ángel Russo. Es el nuevo técnico de Central.

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