Textos

Así aprendí a llorar

A la memoria de María Cristina (mi hermanita) y de Raúl Alberto Amelong (mi tío)

Mi primer grado fue un tanto cosmopolita, por file0001529921373describirlo de alguna manera. Empezó en mi natal Córdoba, en el colegio jesuita San José para seguir, ya en Rosario, en la Medalla Milagrosa, en Alberdi. Fue por esa época que mi viejo entró a trabajar en MetCon, en Villa Constitución, y hacia allá fuimos todos. A mis seis años no tenía la capacidad intelectual (que si alguna vez tuve, ahora estoy perdiendo) para medir el enorme esfuerzo que mi viejo estaba haciendo: su trabajo en MetCon, de noche, era un complemento a su trabajo principal en el Banco Nación, en Rosario, a donde viajaba todos los días. Nos instalamos en Arroyo del Medio, en una casa bellísima que nos prestó —o alquiló, no sé— mi tío. La casa estaba en medio del campo y lindaba con el arroyo (el «del Medio»), hecho que según recuerdo mantenía a mi mamá con los pelos de punta.

Mi primer grado —de eso estábamos hablando— siguió entonces en una escuela en San Nicolás cuyo nombre no puedo recordar. Fue en esa escuela que aprendí a cantar «Aurora» a fuerza de repetirla cada mañana mientras se izaba la bandera en el patio. Los fines de semana íbamos a Rosario a visitar a mi abuela. Como no teníamos auto, era la generosidad de mi tío la que nos llevaba y traía. Una imagen: salimos de Rosario a la mañana muy temprano, mi tío al volante, mi abuela a su lado y yo solo en el enorme asiento trasero del Torino. Mi abuela reza mientras viajamos hacia Arroyo del Medio por la vieja ruta 9 a la velocidad de la luz.

Parece que lo de MetCon se terminó, porque volvimos a Rosario. Entre Rios 1109, el primer piso de la esquina con San Juan, arriba de «Balanzas Theiler». Y mi derrotero por primer grado siguió en la Mariano Moreno hasta terminar. En esa escuela conseguí mi primer «mejor amigo»: Martín Arribillaga. No volvimos a vernos hasta muy crecida la barba, una noche en que por casualidad lo encontré en una fiesta en Fisherton en la que oficiaba de disk-jockey. Fue emocionante. Para mí. No estoy muy seguro de que él se acordara. Fue en Entre Rios 1109 donde, sentado en el piso, vi en nuestro Ranser el pie de Neil Armstrong pisando por primera vez la Luna, que para mí era toda blanca y negra, igual que el propio Armstrong o los dibujitos animados o las novelas que miraban mi mamá y mi abuela. Fue también en Entre Rios 1109 donde empezó mi relación con la letras: una de las tantas siestas de aburrimiento descubrí la colección de revistas Selecciones de mi abuela. Las revistas tenían muchas fotos y dibujos. Yo tenía una tijera.

Al año siguiente nos fuimos a Funes, a la casa que mi viejo construyó desde los cimientos con sus propias manos. Para mí fue la vuelta al pasto, al barro, a los bichos. La gloria, bah. Ese año también llegó a mi vida el Stella Maris. Fue como empezar todo de nuevo, solo que a partir de tercer grado. Y llegaron a mi vida los nuevos «mejores amigos», los que perdurarían, los que crecerían conmigo, los que sí me reconocerían aunque no volviéramos a vernos hasta después de 30 años. Eso fue Funes.

Pero algo pasó.

Durante una cantidad de días que no puedo precisar, la casa de mi tío (a quien llamábamos «el Pibe») en Fisherton pasó a ser mi hogar. Recibí comida, cama y toneladas de afecto. Conocí el country del Jockey Club, asistí a competencias hípicas y mi tío me enseñó a ensillar y montar un caballo. Incluso mi prima alguna vez me hizo saltar. La casa de mis tíos era como una pequeña ciudad, siempre llena de gente; a mis primos —que ya eran una patota— se sumaban los amigos y más primos y más amigos de los amigos. Pero no era mi casa y yo seguía sin saber qué pasaba. Hasta qué un día mi tío me dio la gran noticia: «vino tu papá», me dijo.

El reencuentro con mi papá es algo que conservo grabado en mi memoria en alta definición. Me agarró de la mano y me llevó al living. Mi tío cerró la puerta y nos dejó solos. Entonces supe que mi hermana se había ido.

Fue la primera vez que lloré una pérdida, con ese llanto profundo que sale del centro del pecho y arranca todo a su paso.
Por entonces yo tenía 10 años.

Nos fuimos todos a pasar unos días a Córdoba, a la casa de mi abuela paterna en la calle Independencia. A mi me tocó dormir en la cama que estaba contra el ventanal que daba a la calle. Una noche me desperté sobresaltado. Afuera, del otro lado del ventanal, un montón de voces gritaban y daban órdenes. «No hay tiempo», alcancé a escuchar.

Entonces todo se iluminó y los vidrios cayeron arriba mío. Al día siguiente supe que la bomba estaba destinada al papá de Carlos y Eduardo, los chicos con los que todos los días jugábamos a la pelota en el patio de tierra del colegio de la esquina y que vivían a dos o tres casas. Parece que el papá de los chicos —Eduardo Angeloz— tenía algún tipo de actividad política.

Poco antes del regreso de Perón nos fuimos a vivir a Fisherton, a Bv. Argentino y Theobald. Cerca de la casa de Lucrecia (que yo no frecuentaba nunca), cerca de la casa de Santiago (que yo frecuentaba demasiado) y al lado de la casa de Nora O’Shea, a quien le compré mi primer grabador.

En 1975 nos instalamos en una casa alquilada en la calle República mientras se terminaba la casa que mi viejo estaba construyendo en Juan José Paso y García del Cosio. (¿García del Cosio? No estoy seguro. Qué memoria de mierda.)

La mañana del 4 de junio volvíamos del centro (o quizás íbamos al centro) en el Ami 8 y vimos un tumulto en la esquina de Córdoba y Guatemala. Estaba la policía y también el ejército, como todos los días en todos lados, pero más. En la vereda había un cuerpo.

No miren. Circulen.

La casa de la calle República tenía pileta. Fue la primera y última vez que tuvimos pileta en casa. Aunque estábamos casi en invierno, pasábamos mucho tiempo jugando al borde del agua. En un momento entré a buscar a mi mamá y la encontré sentada en la cama, llorando.

Me senté a su lado sin preguntar nada y esperé.

«Mataron al Pibe», me dijo antes de abrazarme.

A mis 13 años lloré la segunda pérdida, esta vez abrazado a mi mamá.

2 comentarios en “Así aprendí a llorar

  1. Hola Patricio, muy bueno el artículo. Recuerdo perfectamente ese día – 4 de junio de 1975 – una fecha «peronista» ocurrida por el golpe de estado en el año 1943. Ese día por la mañana la llevaba a la mamá al Hospital Italiano a una consulta con su ginecólogo. Pues estábamos esperando la llegada de tu hermano menor – Martín.-
    Al pasar por calle Córdoba y Guatemala, vimos el auto del Pibe en medio de la calle, gran cantidad de gente, y lo primero que pensamos fue que había chocado, pues le gustaba andar muy rápido con su Torino.
    Después del medio día se enteró la mamá de lo ocurrido y me llamó por teléfono al Banco para avisarme.
    Lo mas curioso del caso, y por cierto muy lamentable, es que los actores de aquel repudiable hecho, fueron los «Montoneros» y 40 años después siguen con poder.
    Sin duda, esta muerte se debió a que era un hombre muy correcto, honesto, responsable. Todo lo contrario a los actores de este repudiable hecho como lo dije anteriormente..

    .

  2. Bonito relato histórico! Y sí, era esquina con García del Cossio. La noticia del asesinato del Pibe la llevé yo a casa. Había ido al colegio. Entrábamos a la una y cuarto. Mientras esperábamos que toque la campana mi grupito de compañeros y compañeras del colegio comentaron: se enteraron que esta mañana mataron al padre de Pablo? Y yo, con un nudo en la garganta, pregunté: qué Pablo? Nadie sabía que éramos primos. Me volví corriendo a casa para dar la noticia a la Mamá ya la Babela. Sus llantos no se borrarán nunca de mi memoria…

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